Me aconsejaron que llorara hasta secarme pero soy océano, soy agua, cariño, y si me seco, dejaré de existir.
Amablemente, me cerraste la puerta en la cara, pero me abriste una ventana mientras me susurrabas <<Escúrrete por aquí. No dejes de lloverme>>.
Y yo, obediente, acepté el contrato.
¿Qué importa que al final duela, si puedo quererte otro rato?
Porque no, no le temo al dolor, ni olvido las veces en que mis olas reventaron en tu cuerpo de piedra y tus manos se aferraron a los retazos de piel que me cubren el alma.
No olvido que nuestros besos alguna vez unieron montañas y mar, insomnio y letargo, miedos y la carrera hacia el abismo.
Si bien ahora no sé si estamos cayendo o estamos volando, hemos saltamos. Y estoy convencida de que este cariño tan compañero, tan verdades en la cara, tan certezas en el alma, se instaló tan profundo en mí que arrancarlo sería un acto suicida.
Por eso, aunque acabó antes de comenzar, en mí quedan ardiendo las letras que brotan para ti y yo no he de negarlas.