Entró en mi piel, tan fácil como lo hacen los rayos de sol. Un día estaba sola, y al siguiente él estaba ahí, diciéndome lo que necesitaba escuchar. Él siempre sabe qué decir y que hacer. Quería que me atrapara y me atrapó. Necesitaba un abrazo y él me lo dio. Se ganó mi confianza. Se lo merecía.
Esos labios suyos con esa sonrisa escondida detrás de ellos, hizo que me volviera loca. Y cuando los probé, quise más y más. Me hice adicta. Él, definitivamente no es igual a los demás, es peor. Me hizo amarlo a un grado de volverme vulnerable. Cada que me besaba con esos suaves labios me hacía tocar el cielo.
Me dio luz diaria con su sonrisa tan única. Me miraba y sus ojos eran capaz de trasmitirlo todo, amor, felicidad, tristeza, enojo. Y en algún punto, también pude ver traición. Se convirtió en ese error que ya veía venir pero que ignore po necesidad. Se aburrió fácil. Pequeño detalle.
Siempre buscó retos, le gustaba arreglar cosas rotas, y yo lo era. Frágil, necesitada, rota, inocente. Todos podemos comer mentiras cuando nuestro corazón está hambriento.
Me ama, igual que amó a otras antes que a mí, y a las que estarán después de mi. Es su naturaleza. Es cazador. Te asecha, te vigila, te usa y cuando ya no le sirves, te desecha. Como a mí. Hoy. Es ahí cuando me pregunto cómo alguien como él, con esa sonrisa y esos ojos puede saber a paraíso pero ser el maldito infierno.
Alguien con sabor a miel que me causó tanto daño, casi como el cianuro. Me destrozó. No completamente, pero me dejó marcada, con intención de que lo recuerdque siempre. Me dejó vivir, me dejó existir. Pero existir nunca había sido tan malo como cuando pruebas algo hermoso, me sirve para recordar todo lo que alguna vez tuve y algo que nunca voy a poder tener.
Me causa dolor. Es un dolor que te hace estar en casa, metida n la cama, enferma por culpa de una persona y no por culpa de un virus.
Esos labios suyos con esa sonrisa escondida detrás de ellos, hizo que me volviera loca. Y cuando los probé, quise más y más. Me hice adicta. Él, definitivamente no es igual a los demás, es peor. Me hizo amarlo a un grado de volverme vulnerable. Cada que me besaba con esos suaves labios me hacía tocar el cielo.
Me dio luz diaria con su sonrisa tan única. Me miraba y sus ojos eran capaz de trasmitirlo todo, amor, felicidad, tristeza, enojo. Y en algún punto, también pude ver traición. Se convirtió en ese error que ya veía venir pero que ignore po necesidad. Se aburrió fácil. Pequeño detalle.
Siempre buscó retos, le gustaba arreglar cosas rotas, y yo lo era. Frágil, necesitada, rota, inocente. Todos podemos comer mentiras cuando nuestro corazón está hambriento.
Me ama, igual que amó a otras antes que a mí, y a las que estarán después de mi. Es su naturaleza. Es cazador. Te asecha, te vigila, te usa y cuando ya no le sirves, te desecha. Como a mí. Hoy. Es ahí cuando me pregunto cómo alguien como él, con esa sonrisa y esos ojos puede saber a paraíso pero ser el maldito infierno.
Alguien con sabor a miel que me causó tanto daño, casi como el cianuro. Me destrozó. No completamente, pero me dejó marcada, con intención de que lo recuerdque siempre. Me dejó vivir, me dejó existir. Pero existir nunca había sido tan malo como cuando pruebas algo hermoso, me sirve para recordar todo lo que alguna vez tuve y algo que nunca voy a poder tener.
Me causa dolor. Es un dolor que te hace estar en casa, metida n la cama, enferma por culpa de una persona y no por culpa de un virus.
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